Sociedad del desconocimiento
Cuanto más crecen las ciencias, mayor es la ignorancia proporcional de todos. Y eso, lejos de ser un problema, es lo que hace habitable nuestra época
Tal como hoy las entendemos, las ciencias no han sido tanto una conquista deliberada cuanto un bien que nos ha sucedido. Han venido a nuestra historia como vienen ciertas estaciones, no sin preparación, pero tampoco por entero previstas. De ahí que convenga mirarlas con una doble cautela, sin recelo injustificado y sin entusiasmo ciego. A veces se las acusa por los usos torcidos que algunos hacen de ellas; pero lo mismo cabría decir de la religión, que ha consolado a muchos, pero que ha sido también ocasión de guerras. Ni una ni otra son causa de esos desvíos. La causa está en otro lugar, en ese punto donde el hombre decide, donde dispone de lo que tiene y lo orienta. Allí se determina el uso. Las cosas, por sí solas, permanecen mudas.
No está de más recordar además que las ciencias, tal como hoy las entendemos, son recientes. Tienen trescientos años apenas, una cifra breve si se la compara con la duración de la vida humana sobre la tierra. Son como una criatura que ha echado a andar hace poco. La rodeamos de cuidados, la observamos con cariño y admiración, pero no acabamos de saber del todo qué es. La hemos engrandecido hasta imaginarnos viviendo en una sociedad científica y tecnológica, en una sociedad del conocimiento. Yo sospecho, más bien, que habitamos una sociedad del desconocimiento. Y esto no nace de desprecio ni de nostalgia, sino de una constatación serena, o así espero. Y, lo que es más, no es algo malo.
Aquí es conveniente recordar la lección de Sócrates: “solo sé que no sé nada”. No conviene tomarla como una figura retórica, sino como una descripción que se vuelve más exacta a medida que el saber crece. Porque el aumento del conocimiento no elimina la ignorancia, sino que la desplaza y ensancha. Cada avance ilumina un punto y, al hacerlo, dibuja con mayor nitidez la extensión de lo que queda en sombra.
Pero es precisamente ese desconocimiento extenso e inevitable el que hace posible la vida en común.
No existe, en realidad, “la ciencia”, como si se tratara de un cuerpo único y compacto. La palabra es cómoda, útil para el lenguaje corriente o para titular una mesa redonda; pero detrás de ella hay una multitud creciente de ciencias, cada una de las cuales se divide y ramifica sin cesar, como la yedra que cubre una amplia pared.
Piénsese en un hospital hacia el que se encamina un enfermo. Allí se agrupan decenas de especialidades, cada una con su dominio preciso. En un hospital universitario pueden contarse casi una treintena. Y si cada una reúne a varios especialistas, el número total de éstos llega seguramente al centenar. Cien científicos o más, auxiliados por un número quizá mayor de personas.
Cada médico conoce con detalle su campo, pero ignora en gran medida los otros. Así sucede al neurólogo, el pediatra, el traumatólogo. Cada cual sabe más de lo suyo en la medida en que, proporcionalmente, sabe menos de lo ajeno, y menos aún cuando más descubrimientos, avances, etc., llegue a adquirir. El crecimiento del conocimiento en una parcela ensancha, al mismo tiempo, la zona de sombra en las demás. No es una anomalía, sino la condición misma de ese crecimiento. Lo que se ignora es siempre más vasto que lo que se conoce. Y ambos territorios, el del saber y el de la ignorancia, se expanden.
Si esto sucede con los médicos, el paciente queda aún más lejos de esos saberes. El suyo es elemental, fragmentario, pero es él quien recibe el beneficio de ese sistema. No necesita comprender ni siquiera una parte para ser curado; le basta con apoyarse en el saber de otros.
Algo semejante ocurre en la vida ordinaria. El teléfono que llevamos en el bolsillo, la luz que se enciende al pulsar el interruptor, el tren que llega a la estación, el coche, los alimentos, la ropa, el televisor, son resultado de múltiples ciencias entrelazadas. Detrás de cada uno hay una red de conocimientos que no poseemos. Nuestra relación con ellos es parecida a la del enfermo con el hospital, un cúmulo de saber que usamos sin necesidad de comprenderlo.
Puede formularse un principio general: cuanto más crecen las ciencias, mayor es el desconocimiento proporcional de su contenido por parte de todos, incluidos quienes trabajan en ellas. Cada especialista ocupa una parcela; las demás quedan fuera, opacas. Y el conjunto, lejos de cerrarse, se abre.
No hay en esto motivo de inquietud. Al contrario. Puede llamarse, con cierta propiedad, un bien socrático. Lejos de empobrecernos, esa ignorancia amplia, irreductible, en la que todos nos movemos, nos permite vivir, y vivir bien, al menos mucho mejor que nuestros antepasados. Como los médicos que esperan en las salas del hospital, ese saber disperso y ajeno está, en lo esencial, a nuestro servicio.
Así se configura nuestra vida. Cada uno de nosotros, cuando pretende algo, como curarse, viajar, comunicarse o entretenerse, no se apoya tanto en lo que sabe cuanto en lo que saben otros. Y lo hace de un modo casi invisible, poniendo a su servicio un saber que no conoce, procedente de innumerables individuos de los que nada sabe, un saber ignorado por la inmensa mayoría.
La enseñanza de Zeus en el mito de Prometeo vuelve a aparecer: los saberes necesarios para la vida no pertenecen a todos, sino a algunos, y su función es servir a todos. La distribución no es igualitaria, pero sí ordenada. Y en ese orden, que combina especialización y confianza, se hace habitable nuestra época.
Conviene detenerse en dos consideraciones que, siendo sencillas, suelen pasar inadvertidas. La primera es que el contenido de la mente de cada cual, sea saber científico o corriente, pertenece más al tiempo que al individuo. Se forma en él, sí, pero no nace de él. Viene de atrás, como una corriente lenta en la que entramos sin advertirlo del todo. Pensamos con materiales que no hemos hecho, con palabras que ya estaban, con ideas que han atravesado generaciones. No sabemos ni necesitamos saber cómo se ha ido configurando ese fondo que creemos propio. Basta con que esté ahí, disponible para llevar adelante la vida, como la luz de la mañana que entra por una ventana y permite continuar la jornada sin preguntarse por su origen.
La segunda consideración es más decisiva. Aquello que cada mente alcanza a dominar no es sino una porción mínima, casi inapreciable, de un caudal repartido entre muchos. Sin ese caudal común, cada individuo quedaría inerme. No obstante, ese conjunto total no se nos ofrece nunca como tal. Puede decirse que sólo Dios lo conoce. Para nosotros no hay más que saberes concretos, cambiantes, alojados en hombres singulares. El llamado “saber de la sociedad” no pasa de ser una expresión útil. No existe como totalidad visible. Hay fragmentos, sí, pero no partes de un todo accesible, sino conocimientos que viven por sí mismos, sin integrarse en una unidad que alguien pueda abarcar. Y no habiendo un todo, las partes no son partes.
De ahí que la antigua aspiración de reunir el saber en una sola obra resulte hoy irreal. Hubo un tiempo en que esa empresa parecía posible. Isidoro de Sevilla o Casiodoro pudieron concebir una suma del conocimiento acorde con su mundo. Más tarde, la Encyclopédie dirigida por Denis Diderot y Jean le Rond d’Alembert intentó recoger el saber de su tiempo. Y aún después, empresas como la Enciclopedia Espasa o la Encyclopaedia Britannica levantaron monumentos de erudición paciente. Pero todas comparten un destino igual, el de envejecer a la misma velocidad con que crece aquello que quieren fijar. El saber no se deja encerrar. Se desplaza, se transforma, se escapa.
Nuestra condición actual es distinta. El individuo vive abierto al horizonte del saber ajeno y en ese horizonte encuentra recursos que por sí solo no alcanzaría nunca. Ignoramos cómo se coordinan esos saberes dispersos, de qué modo se enlazan las capacidades de unos con las de otros hasta formar una trama eficaz. Y, sin embargo, esa trama existe. Hay en ella algo invisible, una organización sin centro visible, un orden que nadie ha diseñado por completo y que sin embargo sostiene a todos.
Este hecho, más que cualquier teoría, sostiene la vida humana. Por eso, como advirtió Friedrich Hayek, resulta más razonable admirar esta obra colectiva, en la que cada cual aporta y recibe sin saberlo, que lamentar nuestra incapacidad para bastarnos a nosotros mismos. La tentación contraria, la de no aceptar los límites del propio saber y su dependencia, puede llevar a un impulso peligroso: el de querer sustituir la compleja maquinaria de la civilización por otra concebida desde una inteligencia que se cree suficiente. Pero tales intentos no suelen edificar; más bien deshacen lo existente y dejan, en su lugar, vacío, violencia, sufrimiento, sangre y desolación.
Hay, pues, un sentido socrático que conviene mantener. Reconocer la limitación del propio saber no nos empobrece; todo lo contrario: nos sitúa en una posición favorable. Y esa conciencia, lejos de paralizar la acción individual, permite habitar con mayor claridad el mundo común.
No hace falta añadir que, para la mayoría, todo esto no constituye un saber probado. Sólo unos pocos, los que trabajan en esas ciencias, pueden llamarlo conocimiento en sentido estricto. Para los demás es aceptación sin pruebas de lo que otros han comprobado. Y, sin embargo, sobre esa aceptación descansa la vida entera. Vivimos sostenidos por lo que no dominamos. En esa confianza se apoya nuestra existencia. Y baste lo dicho para reconocerlo.


