Ser en el mundo
Diferencia entre comprender el universo y despertar cada mañana dentro de él.
La cuarta pincelada sobre el cuerpo como constitutivo del ser humano aborda una consecuencia que se sigue directamente de nuestra condición corporal. Se trata de que el hombre no existe en el vacío ni en un espacio indiferente, sino que está siendo en el mundo. Vive rodeado de luz y sombra, de colores, formas y sonidos, de árboles que cambian con las estaciones, de animales, ciudades, libros, mares y montañas. El contraste con el modo de presencia propio del ángel permite comprender, por oposición, lo que el cuerpo añade al ser humano como condición de su inserción en la realidad.
El argumento parte de una hipótesis que puede parecer extraña, pero cuya fecundidad filosófica es notable: ¿cómo se relacionaría con el mundo una inteligencia pura, desprovista de cuerpo?
Si fuéramos inteligencias puras, perfectas, desencarnadas, no veríamos el mundo tal como ahora lo vemos. No despertaríamos por la mañana y encontraríamos la habitación invadida por una luz oblicua que dibuja rectángulos dorados sobre la pared. No percibiríamos el verde de los jardines después de la lluvia ni el resplandor rojizo de una ciudad al anochecer. No escucharíamos el rumor de los árboles en verano ni el eco de unos pasos en una calle silenciosa. Todo eso desaparecería.
En lugar de la luz, comprenderíamos complejas oscilaciones electromagnéticas. En lugar del amanecer que ahora vemos elevándose lentamente sobre el horizonte, percibiríamos únicamente frecuencias y longitudes de onda. No veríamos caer una manzana desde una rama iluminada por el sol de septiembre, sino que entenderíamos instantáneamente las ecuaciones que describen su trayectoria. No contemplaríamos el movimiento de las olas ni el vuelo de las golondrinas; conoceríamos las leyes que explican esos fenómenos. Todo ello lo conoceríamos sin esfuerzo.
No habría horas de estudio bajo una lámpara encendida. No habría errores ni descubrimientos repentinos después de largos años de búsqueda, ni aquella alegría tan humana que siente quien, tras muchas tentativas, comprende por fin una verdad difícil.
La inteligencia pura poseería el conocimiento, pero perdería el hallazgo.
Esta hipótesis conduce a una consecuencia que no es meramente estética, sino ontológica.
Una inteligencia incorpórea, sublime, precisamente porque comprende de ese modo, comprende en cierto sentido desde ninguna parte. No está siendo en un mundo.
El contraste ayuda a verlo con claridad. El gorrión habita el aire, el pez habita el agua, una raíz habita la tierra oscura, el ojo habita la luz y también el hombre habita el mundo.
Está siendo en el espacio y en el tiempo, vive rodeado de actores innumerables que ve, oye y siente. La realidad no comparece ante él como una colección de leyes abstractas, sino como una presencia continua. Los colores lo alcanzan, los sonidos llegan hasta él, los aromas lo envuelven, el calor del verano y el frío del invierno modifican su experiencia, el rostro de una persona querida no es para él una estructura inteligible, sino una presencia.
Si no fuéramos cuerpo, nada de eso existiría para nosotros. No habría colores, ni sabores, ni música, ni libros. No habría tentaciones ni alegrías sensibles. No habría jardines atravesados por el viento ni habitaciones donde la tarde deposita lentamente el polvo luminoso de las horas.
La privación no sería accidental. Se seguiría directamente de carecer de cuerpo.
Por eso resulta tan exacta la respuesta que Nathan el Sabio dirige a Dios: “Señor, la verdad es cosa tuya; lo mío es el camino”.
La frase resume admirablemente la condición humana. La verdad pertenece a la inteligencia divina. El hombre posee el camino, y el camino no es una línea recta trazada sobre un mapa. Tiene curvas, rodeos, extravíos, estaciones oscuras y también momentos de claridad inesperada. Está hecho de mañanas y crepúsculos, de esfuerzos y descansos, de pérdidas y hallazgos.
Tomás de Aquino aborda esta cuestión desde otro ángulo cuando se pregunta cómo está presente el ángel en un lugar.
Su respuesta es precisa. El ángel está donde actúa. Su presencia se define por el ejercicio de su poder. No ocupa espacio como lo ocupa un cuerpo. No está contenido ni delimitado por un lugar. Aplica su potencia a ese lugar. La presencia angélica es operativa, no cuantitativa. No se parece a la presencia de una montaña en un valle, ni a la de un árbol en una plaza, ni a la de un hombre sentado junto a una ventana contemplando caer la lluvia.
El ángel está donde obra y nada más.
Esta doctrina introduce el contraste decisivo.
Si la presencia del ángel es puramente operativa, la presencia humana es cuantitativa y cualitativa al mismo tiempo.
El hombre ocupa un lugar. Está contenido por él. Tiene una altura, un peso y una posición determinadas bajo el cielo. Pero además percibe desde ese lugar. No sólo actúa sobre el mundo: el mundo actúa sobre él cuando la luz modifica su mirada, la música modifica su ánimo, el perfume de una flor despierta recuerdos, la visión del mar produce emociones distintas de las que produce una habitación cerrada, las estaciones dejan huellas en su memoria, las ciudades modelan sus hábitos y las voces de otros hombres entran en su vida y la transforman.
El mundo no es únicamente el término de sus acciones. Es el medio en el que está siendo. Lo que sucede al ser humano, es decir, este estar siendo en el espacio y en el tiempo, rodeado de cosas y de personas que percibe y que lo afectan, se sigue directamente de ser un cuerpo. Es el cuerpo el que lo introduce en el mundo como quien entra en una casa iluminada, hace que la realidad no sea para él una colección de principios abstractos, sino una realidad habitada. Gracias al cuerpo existen las tardes de verano, los patios encalados, las bibliotecas silenciosas, el olor de la tierra después de la lluvia, las conversaciones que se prolongan bajo una lámpara encendida y el lento cambio de color del cielo cuando termina el día.
Sin cuerpo podría existir una comprensión intelectual de las leyes del universo, pero no existiría un mundo.
Existirían las leyes del mar, pero no existiría el mar.
Existirían las leyes de la luz, pero no existiría el amanecer.
Existirían las leyes de la música, pero no existiría la canción.
La diferencia es inmensa.
Esta es la cuarta pincelada.
Que el hombre sea un ser en el mundo, que esté siendo en el espacio y en el tiempo de una manera que ninguna inteligencia pura podría experimentar; que habite una realidad hecha de presencias sensibles, memorias, encuentros e historias, se sigue del hecho de que es un cuerpo.
El cuerpo no es la cárcel del alma, como quiso Platón. Es la puerta por la que el alma entra en el mundo.
Es por el cuerpo por lo que el hombre no posee solamente una comprensión del mundo. Es por el cuerpo por lo que tiene un mundo.


