Elogio del dinero
No porque sea más importante que otras cosas, sino porque todos lo rozamos a diario como se roza el pomo de una puerta: sin mirarlo, sin pensarlo, sin saber qué mundo abre. Y porque, sin saberlo, muchos lo maldicen. Lo acusan de todo mal, como se acusa al fuego de las cenizas o al mar del naufragio.
Pero el dinero no es culpable. El dinero no es ni siquiera un ser: es apenas un hálito, una danza, un pacto de humo entre dos respiraciones humanas. No es mercancía, como el pan o el cobre o el aceite. Es el susurro que permite que el pan llegue, que el cobre se dé, que el aceite se vierta. Es la grasa en el eje de la rueda, no la rueda. Es lo que permite que todo gire sin chirriar. No importa si hay mucho o poco: el precio se acomoda, como el agua se acomoda al cauce.
Imagina a un hombre que en 2012 gana cinco veces más que en 1990. ¿Es más rico? Solo si puede comprar lo mismo. Porque el dinero es medida, no sustancia. Es palabra, no cuerpo. Es promesa.
Y por eso, cuando hay más dinero que bienes, todo se encarece, y la riqueza se disuelve como tinta en agua. Y cuando hay más bienes que dinero, la riqueza florece, porque con menos se compra más. Así de simple. Así de justo.
¿A quién interesa entonces crear dinero como si se sembrara viento? Al Estado, claro, sobre todo cuando el Estado ha caído en manos de demagogos, que prometen jardines sin haber plantado ni una semilla. Gobiernos que, incapaces de producir valor, deciden fabricarlo en billetes. Es decir, en humo.
No te sorprenda si, al decir esto, alguien me llama liberal. Pero yo huyo de las banderas. Reacciono, sí, como quien se resiste a un fuego injusto. Busco, simplemente, la verdad: esa flor que a veces crece en medio del asfalto.
Ahora bien, ¿qué hay del dinero y la moral? ¿Del alma que lo toca?
Se le llama “valor material”, pero no lo es. Marx, sí, el mismo Marx que despreciaba lo que intuía demasiado bien, lo reconocía: no hay un solo átomo en una mercancía que explique su precio. El dinero es, pues, algo espiritual. No cae del cielo como el maná. Nace cuando dos hombres intercambian lo mejor de sí mismos. Cuando uno ofrece su habilidad, su tiempo, su pasión, y el otro responde con algo que también encierra alma.
No hay nada impuro en eso. Lo impuro es tomar sin dar. Robar sin rostro. Pedir sin dar gracias. Lo inmundo es quedarse quieto mientras los demás sudan. Como el gobernante que sube impuestos por no saber gobernar. Como el bandido. Como el mendigo profesional que convierte la compasión en negocio.
Aceptar dinero por lo que se ha creado con las propias manos, con la inteligencia, con el temblor de los días, no es codicia. Es honor. Es decir: esto soy yo, esto puedo dar. Y al darlo, entrar en la corriente invisible de la civilización.
Porque sin dinero no hay trato. Sin trato no hay sociedad. Y sin sociedad volvemos al barro, al estado de guerra que temía Hobbes: todos contra todos, piel contra piel, hambre contra hambre. Vida breve, hedor persistente, días sin consuelo.
¿Debemos entonces despreciar las cosas que los hombres hacen? ¿Llamarlas “materiales” como si eso bastara para volverlas impuras? ¿Decir que el espíritu habita fuera de ellas? ¡Qué error más triste! Porque esas cosas, las casas, las mesas, los libros, las copas de vino, llevan en sí el alma de quien las soñó. No están vacías. Están habitadas.
Marx, que se decía materialista, en realidad fue dualista. Como tantos que odian el dinero porque no pueden crearlo, porque no saben entregarse y recibir con gratitud.
El dinero, cuando es ganado con honor, es un poema sin palabras. Es la forma que toma el alma al moverse por el mundo. Y si alguna vez lo han manchado, si alguna vez lo han usado para comprar lo que no puede venderse, no es culpa del dinero, sino del hombre que olvidó su dignidad.
Intercambiar con dinero no es banalidad. Es moral. Es civilización. Es el código de los hombres que se saben dueños de sí y generosos con los demás. Porque no hay conquista más noble que aquella en la que se pacta con libertad, y cada uno recibe el valor de otro como un regalo mutuo de humanidad.
Sí, el dinero es un prodigio. El que lo desprecia por sistema, o lo mancha con vileza, regresa a la cueva. Y quizás merezca quedarse allí.

